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Uno más

Feliz navidad, año nuevo y de todo y más. Los mejores deseos y los regalos más caros y los abrazos más cálidos y los años más maravillosos. Todo eso y más. Fin de la felicitación y ahora sí, a lo que vine, más o menos a quejarme, creo. He tenido esto en la cabeza por ya casi dos meses: le debo mucho dinero a mi tía. No tanto, pero mucho. Todo por confiar en las habilidades de negociación del que resultó muy mal negociador y a quien no vamos a injuriar aquí porque de eso no se trata. Pero le debo mucho dinero, y aunque no me lo cobre todavía y no me vaya a venir a romper las piernas si no le pago, lo tengo en la cabeza. Recapitulemos a cómo era mi vida unos meses antes de la deuda y del negocio. Estaba en la posición idónea de no tener dinero y tampoco deudas, pero, tampoco dinero. Por eso empezó todo, creo, y se ha ido retrasando meses y meses y sigo sin tener dinero. Y tengo la deuda y la voy a tener unos meses más. Un día se irá, pronto, lo sé, pero lo que no sé es cómo afrontar todo esto. Todo este vacío, todo este levantarse tarde y no sentir nada, y no querer nada más que hacer nada. Todo este deber ser y dejar el ser para después porque ahorita no hay tiempo o no hay ganas o no hay dinero o no hay algo.
No tengo la mente clara porque siento que no me serviría de nada. Para qué digo las cosas que quisiera hacer si tampoco desde mi comodidad las hice y tampoco sé si las haré. Es quizá lo que más temo. Ser como mi papá. Ser nadie, a fin de cuentas. Y lo siento mucho papá. Estoy seguro que debajo de todo lo que eres hay o hubo algo, pero ya no. No tengo la mente clara, llevo meses sino es que años así. Pensando en mañana, en después, en los demás, en lo que está fuera de mis posibilidades. Tengo un potencial bárbaro, lo sé. El otro día escuché un chiste. “¿Cómo se suicida un argentino? Se sube a su ego y desde ahí se tira.” No soy argentino pero tiene gracia. Ojalá lo fuera.
He dejado las cosas para después. Pero la verdad es que desde hace años he tenido bien claro qué debería haber hecho, qué debería estar haciendo. Esto, en realidad. Escribir. No porque sea un virtuoso, aunque sé que no lo hago mal, sino por la simple y llana razón de que llevo mucho tiempo queriendo hacerlo. Pero nunca he creído lo suficiente en mí para aventarme. Y nadie ha creído en mí como para lo mismo. Yo sé que uno queda mejor parado si se descubre que se hizo solo y venció toda adversidad, pero yo no soy esa persona. Si me hubieran dado un empujón o algo, no sé. Algo más hubiera salido. Tal vez. No me voy a quedar lamentándome, tengo veintiún años. Pero hay algo en lo que siempre he creído. Ese cuento de la rana en la olla de agua. Ese aceptar la vida que se nos da día con día, ese decir “bueno será la próxima”, eso es peor que la muerte, yo creo, porque cambia la vida, la empeora. Tal vez.
Como sea. En otra ocasión escribiría del año que viene, que por supuesto no tiene diferencia alguna con este año. Puedo creer en los días porque veo como cae la noche. Puedo creer en las semanas porque tienen un fin, o eso dicen, o eso creemos todos. Puedo creer en mi cumpleaños porque es la señal inequívoca de que el tiempo pasa. Pero más allá de eso no. Este que soy yo y que escribe hoy no. Como sea.

Este es el fin. Me voy a la cocina porque el pavo aún no está listo. Y está bien, que las cosas no sean como tienen que ser. Está bien. Me voy porque espera otro año, por según yo voy a hacer algunas cosas. Pero no cuento qué porque se salan, como el pavo del año pasado. 

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